jueves, 30 de abril de 2020

Yo Eu I Je Ich Jo Mina


El yo. El yo poético. El yo egoísta. El yo deshecho. El yo quebrado. El yo con otros. El yo conmigo que dejo y sigo siendo. El yo sin origen en mi origen, que repasa y reescribe su pasado.

Me gustan los laberintos de espejos, confundidos, reflejados, fríos, quietos; luego escucho los golpes, las caídas. No me veo y mi imagen la devoran todos ellos.

A tientas rozando los cristales de las mil caras, expresiones que desconozco; no son mías, no soy yo; me sigo buscando, palpando el marco de mármol, el suelo de marfil, cayendo en un silencio mojado; cada vez más oscuro, donde la luz recorre todos los rincones y yo sigo sin saber qué vestido ponerme ni cómo conjuntar mi sonrisa.

El yo que maneja mis cuerdas que acaban envolviendo mi cuello, que me dicen cuándo asentir, qué pasos dar y cómo darlos; que me obligan a tropezar y a moverme con torpeza. Un yo roto, convertido en añicos. Señales, heridas y cortes que modifican las palmas de mis manos, las líneas del tiempo, de la vida, del futuro de un yo que yace inerte sobre los muelles oxidados de los restos de una cama de hospital.

Y ahora estoy en una caja de reflejos vacíos y sin forma, de muñecas magulladas en un yo sin identidad; y me envuelven los flecos y me aprietan los lazos; caen guirnaldas y copos de nieve: me hielo. Y yo, que soy sin ser, balanceo mi cuerpo al fondo de la sala, escondida en una personalidad disfrazada de ego, siendo una más en un baile de máscaras.  

Abrazo unos brazos que nos son mis brazos, repaso un torso que no es mi torso; me caigo de bruces con un golpe seco, esperando a que me definan y perfilen; que me hagan perfecta; un beso más que corre el carmín de mis mejillas, que susurra un nombre que no es mi nombre y me encierra en un cuarto que no es mi cuarto.

El yo que pretende quererse y que incrédulo, recita de memoria las frases de otros labios, con otras voces que no me pertenecen. El yo ingenuo que muda de piel cada noche, que promete que esos pasos son sus pasos. El yo inocente que, a pataletas y embestidas, con el llanto en la garganta, desgarrado por la rabia que recorre cada parte de su anatomía, golpea las paredes de la jaula.

Yo, que me he quemado la huella de los dedos, desde el índice hasta el meñique; que elijo el tono de mis comisuras y cómo recogerme el pelo. Yo, que decido qué canción suena de fondo y qué marcas grabar en mis caderas; yo, en mil escenarios de distintas mentes, que piensan y dejan de pensarme, que existo tan rápido como me desvanezco, como se desvanecen los recuerdos; yo, que no sé quién soy.

Andrea Pérez

lunes, 27 de abril de 2020

BOJACK y la influencia del pasado en nuestros errores


Bojack Horseman es una serie animada estadounidense creada por Raphael Bob-Waksberg en 2014. La serie crea un mundo entre ficticio y real en el que conviven seres humanos con animales antropomórficos. La serie a grandes rasgos es una aguda critica a la sociedad (especialmente a la industria cinematográfica), en ella se entremezclan a la perfección situaciones absurdas, casi surrealistas, con las dudas más existenciales del ser humano. El simple hecho de poner a animales como protagonistas, actuando y viviendo como si fueran seres humanos, muestra la delgada línea que separa al ser humano del animal y la facilidad con la que podemos confundir al uno con el otro. Por otro lado, la elección de los animales no es producto del azar. Cada animal es una metáfora de un prototipo de persona determinada. Por ejemplo Mr.Peanutbutter (un labrador) representa al prototipo de persona afable, bonachona, despreocupada y extrovertida.


La serie saca a relucir numerosos aspectos conflictivos de la sociedad sobre los que quizás escriba en un futuro, sin embargo, hoy me gustaría centrarme en un tema concreto que me ha llamado especialmente la atención: la influencia de la infancia en nuestras elecciones futuras y en el desarrollo de nuestra personalidad. El gran ejemplo de hasta que punto una infancia infeliz puede influir en nuestras vidas como adultos es el protagonista de la serie; Bojack Horseman. Como viene ya indicado por su nombre, Bojack Horseman es una combinación de hombre y caballo. Este personaje, a mi modo de ver, representa la fragilidad, la inestabilidad humana, la gran facilidad con la que podemos caer y el enorme esfuerzo que supone volver a levantarnos. Es la imagen de el ser humano que “tropieza siempre con la misma piedra”, que parece no aprender nunca de sus acciones y cae una y otra vez en el mismo error. Bojack es una persona obsesionada con mejorar pero incapaz de ser constante en ninguno de los cambios que se propone en su vida. Es la figura del arrepentido, del que pide siempre perdón, una segunda oportunidad, pero que, por falta de fuerza de voluntad, vuelve a caer en los mismos vicios. Mientras veía la serie me sorprendió lo gran humano que podía llegar a ser un caballo, la imperfección de este personaje y lo muy difícil que era no compadecerse de él, no perdonarle todas sus malas acciones por muy terribles que fueran.


Bojack es un personaje fuertemente marcado por su pasado. Su madre, una aristócrata culta, fuertemente reprimida por el padre que quiere a toda costa que se case, perseguida además por las desgracias del pasado, se acuesta con un hombre que apenas conoce, que le da esa vía de escape que tanto anhela. De esta manera, se queda embarazada de un hombre que resulta ser un mero charlatán, un pseudointelectual que cree tener más talento del que verdaderamente tiene. Bojack es el producto indeseado de esa unión, y no recibe ningún tipo de afecto por parte de ninguno de los dos genitores. Tanto el padre como la madre son personas profundamente resentidas, frustradas por el modo en el que se han desarrollado sus vidas y ambos descargan su decepción con el hijo.  A partir de esa carencia de amor parental, Bojack desarrolla un deseo obsesivo por ser amado. Cuanto más es rechazado por sus padres, más crece ese deseo. A partir de ese primer "amor no correspondido" nacen todos sus vicios: la adicción al alcohol y a las drogas como vía de escape de la realidad, la imposibilidad de mantener una relación por mucho tiempo, la inseguridad, la baja autoestima...



Bojack comete muchos errores a lo largo de la serie. Y a pesar de la gravedad de los errores, yo misma me he dado cuenta de lo mucho que me cuesta culparlo por sus malas decisiones. Una parte de mí, movida por la compasión, perdona sus errores y los justifica aludiendo a sus traumas infantiles. Esta situación hizo que me planteara las siguientes cuestiones; si nuestra infancia determina el tipo de personas que seremos en el futuro, ¿hasta qué punto somos responsables de nuestros actos? ¿Podemos justificar nuestras malas decisiones presentes acudiendo a los traumas del pasado?

Las consecuencias de justificar el presente con el pasado podrían ser terribles para el ser humano. Por un lado, no nos esforzaríamos en cambiar. Si estamos definitivamente marcados por nuestro pasado, cualquier tipo de cambio es imposible, y por tanto, no tendríamos ninguna esperanza en mejorar. Por otro lado, no seríamos responsables de nuestros propios errores. Si arruinamos la vida de otra persona, la tratamos mal o abusamos de ella, no es culpa nuestra, ya que en ningún momento hemos elegido libremente hacerlo; somos esclavos de nuestro pasado. Casi parece que cualquier tipo de crimen podría ser justificado si hemos tenido una infancia infeliz como la del protagonista.



Durante toda la serie, Bojack se gana la compasión del espectador y consigue que éste lo disculpe por sus malas acciones. En cierto modo, el que Bojack sea perdonado, nos alivia: nos hace sentir que nuestras acciones no son irredimibles, que por mucho que nos equivoquemos y cometamos errores seremos siempre perdonados. Sin embargo; ¿hasta qué punto puede ser este un mensaje positivo? ¿Todas las acciones merecen ser perdonadas?


María Rodríguez Lorca